Un país puede sobrevivir sin confianza; prosperar es otra historia… - Macraf
Hay activos económicos que pueden verse, medirse y contabilizarse con relativa facilidad. Tenemos carreteras, fábricas, maquinaria, reservas internacionales, infraestructura, capital financiero y humano. Pero existe otro activo mucho menos visible que puede tardar décadas en construirse y apenas unos cuantos años en deteriorarse: la confianza.
Y sin confianza, una economía simplemente funciona peor.
Los datos más recientes ayudan a entender el problema. En julio, el Indicador de Confianza del Consumidor se ubicó en 45 puntos, es decir, en terreno de desconfianza. Mejoró 1.1 puntos respecto al mes anterior, sí, pero permaneció 0.7 puntos por debajo de julio de 2025. Más revelador todavía es observar algunos de sus componentes: la percepción sobre la situación económica actual del país se encuentra en apenas 39.4 puntos y las posibilidades actuales de ahorrar, en 39.9.
Del otro lado está el empresariado. El Indicador Global de Opinión Empresarial de Confianza alcanzó 48.2 puntos y acumuló 17 meses consecutivos debajo del umbral de 50. Lo que también significa que está en el terreno de la desconfianza. No estamos discutiendo únicamente si el indicador subió o bajó unas décimas; estamos hablando de empresarios que, en conjunto, siguen observando con cautela el entorno económico.
Es decir, consumidor y empresario se encuentran simultáneamente en niveles que dejan mucho que desear. Y eso debería preocupar bastante más de lo que parece.
Porque la confianza no es un asunto de estados de ánimo. Es una variable económica.
Cuando un consumidor confía, está más dispuesto a comprar bienes duraderos, contratar un crédito, adquirir una vivienda o comprometer parte de sus ingresos futuros. Cuando un empresario confía, invierte, contrata trabajadores, amplía instalaciones, compra maquinaria y desarrolla nuevos proyectos. En ambos casos se pone en movimiento la economía.
Cuando desconfían ocurre exactamente lo contrario.
Y los datos empresariales son particularmente incómodos. El componente que pregunta si actualmente es un momento adecuado para invertir se encuentra en apenas 32.9 puntos en manufacturas y en un paupérrimo 23.8 en construcción. Peor aún: llevan 158 y 182 meses, respectivamente, debajo del umbral de 50.
Hay una aparente contradicción que explica bastante bien lo que estamos viviendo. Las personas pueden pensar que su situación familiar mejorará y los empresarios confiar en que sus compañías sobrevivirán o incluso crecerán, pero eso no significa que confíen en el entorno donde deben tomar sus decisiones.
En otras palabras: podemos confiar en nosotros mismos y desconfiar profundamente del país en el que tenemos que desenvolvernos.
Y ahí aparece una tercera dimensión mucho más peligrosa: la confianza institucional.
Porque una caída en la confianza del consumidor puede revertirse cuando mejora el empleo, baja la inflación o aumentan los ingresos. La confianza empresarial puede recuperarse cuando aparecen mejores perspectivas de crecimiento. Pero reconstruir instituciones creíbles es muchísimo más complicado.
Pensemos en lo sucedido recientemente con Rubén Rocha Moya. Más allá de acusaciones, investigaciones o responsabilidades que deberán determinar las autoridades, el espectáculo político alrededor de su salida, regreso y nueva licencia difícilmente transmite estabilidad institucional. Y cuando además existen señalamientos relacionados con posibles vínculos entre políticos y organizaciones criminales, el problema deja de ser únicamente político.
También es económico.
El empresario que pretende comprometer cientos o miles de millones de pesos en una inversión que deberá recuperarse durante los próximos veinte años necesita preguntarse quién garantizará sus contratos, quién protegerá su propiedad, quién hará cumplir las reglas y qué tan independientes serán las autoridades que deberán resolver una controversia.
Ahí entra también el debilitamiento y desaparición de organismos constitucionalmente autónomos durante los últimos años. Y ahí entra una Suprema Corte de Justicia que, lejos de fortalecer la percepción de independencia judicial, se ha convertido para muchos en una institución cuya actuación genera cada vez más cuestionamientos.
Podríamos discutir eternamente las razones políticas detrás de cada reforma, y está bien hacerlo, pero el capital no lo hace. El capital simplemente incorpora la incertidumbre que generan al cálculo del riesgo.
Y mayor riesgo significa exigir mayores rendimientos, posponer inversiones o, sencillamente, llevarlas a otro país.
A eso agreguemos una crisis profunda de credibilidad de los partidos políticos. Y aquí no hay espacio para repartir culpas cómodamente. La oposición lleva años acumulando descrédito, incapaz de construir una alternativa que convenza a buena parte de la población. Pero Morena tampoco es inmune. Las diferencias internas, los cuestionamientos alrededor de algunos de sus personajes y las fracturas que comienzan a hacerse públicas muestran que el desgaste también alcanza al partido gobernante.
El problema no es que los mexicanos desconfíen de un partido. Eso ocurre en cualquier democracia. El problema aparece cuando dejan de confiar prácticamente en todos.
Porque entonces se deteriora algo mucho más importante: la credibilidad del sistema.
Y sin instituciones confiables solo puede aumentar la incertidumbre; ese incremento puede provocar una disminución de la inversión, limitar la productividad, debilitar el crecimiento y, por lo tanto, comprometer las posibilidades reales de desarrollo económico.
Esa cadena es mucho más importante para el bolsillo de las personas que cualquier discurso político.
Pueden aumentar transferencias, repartir apoyos y administrar programas sociales. Todo eso puede modificar temporalmente el ingreso disponible de determinadas familias. Pero el desarrollo económico exige algo diferente: empresas que inviertan, trabajadores cada vez más productivos, empleos mejor remunerados y una economía capaz de generar continuamente mayor valor.
Para conseguirlo, necesitamos, además de capital financiero, capital humano e infraestructura, confianza. El pequeño detalle es que esa confianza tarda años en construirse porque nace de la repetición: reglas que se cumplen, contratos que se respetan, instituciones que funcionan y autoridades que entienden sus límites.
Lamentablemente, destruirla resulta bastante más sencillo.
¿México puede seguir funcionando mientras consumidores, empresarios y ciudadanos desconfían? Sí. Incluso podemos acostumbrarnos a ello y convertir la incertidumbre en parte de nuestra normalidad.
Pero funcionar no significa desarrollarse.
Y es aquí donde aparece una cruda realidad: la confianza no llena por sí misma los bolsillos; pero cuando se pierde, tarde o temprano termina vaciándolos.
De esta forma, seguimos viviendo entre cifras que brillan… y bolsillos que no alcanzan.
* El autor es académico de la Escuela de Gobierno y Economía y de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana, consultor experto en temas económicos, financieros y de gobierno, director general y fundador del sitio El Comentario del Día y conductor titular del programa de análisis: Voces Universitarias.
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